
“He nacido en esta ciudad y nunca he querido vivir en otro lugar porque aquí hay todo lo que de verdad cuenta. Comida, música y gente fantástica”, dice Smokey Johnson, batería de Fats Domino en los años 50 y uno de los pilares de la producción de jazz, soul, R&B, funk y blues de Nueva Orleans. Si un huracán hubiera arrasado el 80 por ciento de otra ciudad, quizás muchas personas hubieran decidido reconstruirlo todo en otro lugar, más seguro. Pero en Nueva Orleans las palabras de Smokey Johnson las podría decir cualquiera, y con la misma mirada enamorada y fiel con la que las pronuncia levantando la cabeza para mirar desde su silla de ruedas.
Esta es la ciudad donde es mayor el número de personas que han nacido y muerto en el mismo lugar de todo el país.
Desde hace cinco años “The big easy” (la gran despreocupada, como llaman en Estados Unidos a Nueva Orleans) tiene otro, triste, récord. Entre finales de agosto y los primeros de septiembre de 2005 aquí tuvo lugar la mayor catástrofe natural en la historia de Estados Unidos (hasta el pasado abril, cuando otra, de entidad aún por conocer pero posiblemente mayor, el derrame de petróleo de BP, golpeó la misma zona). Un quinto de la población (125 mil personas, mayoritariamente afroaméricanas) nunca ha vuelto.

Cuando, en la mañana del 28 de agosto de 2005, el entonces alcalde de Nueva Orleans, Ray Nagin, ordenó a toda la población ciudadana que evacuara, Omar Casimire, 62 años, pintor local, pensó que su deber de ciudadano era quedarse y ver lo que pasaría. Cogió una cámara de fotos, bolígrafos y una agenda y se trasladó a un hotel en una zona alta de la ciudad. En la mañana del 30 de agosto, cuando el agua desbordada por la ruptura de los diques de protección del Mississipi ya le llegaba al ombligo, Casimire salió hacia el Convention Center, donde había encontrado cobijo unas 15, 20 mil personas. Durante todo el día ayudó a rescatar de sus casas a cualquiera que se encontrara en los ocho kilómetros de recorrido que le separaban de su destinación final. Sólo el día después, tras haber pasado la noche en una iglesia junto con otras 30 personas, Casimire llegó, en el barco de una compañía petrolera, andando y en camioneta, al Convention Center.

“En el camino pasé delante del Superdome –casa del equipo de fútbol Saints, que en la primavera pasada ganó la liga estadounidense- y vi que había millares de personas fuera, tumbadas en el suelo. Así que cuando llegé al Convention Center y me encontré ante el mismo panorama, sin que hubiera ni policía ni nadie de prensa, enseguida me puse a recoger firmas y direcciones de todo el mundo, decidido a denunciar el gobierno”, recuerda. Sin agua ni comida y bajo 40 grados de temperatura, durante tres días y medio Casimire recogió unas 10 mil firmas y contactos, muchas hoy recogidas en formato entrevista en un libro en busca de editor. Las violaciones a mujeres y a niños y el olor a muerte de esos días le marcaron para siempre. Así que cuando, el 4 de septiembre, apareció la guardia nacional y las fuerzas aéreas y trasladaron a todo el mundo“dividendo arbitrariamente familias” hacia otros estados, Casimire llegó en elicóptero a Arkansas. “Nada más aterrizar supe que mi madre, que había llegado allí antes del huracán, había dejado de comer y se había muerto”, cuenta. “En lugar de denunciar el gobierno decidí entonces poner todas mis fuerzas en construir un monumento conmemorativo a todas las víctimas de Katrina”.

Cinco años después, el proyecto de la fundación “Katrina National Memorial Park”, creada en 2007 –la ciudad aún no tiene un monumento conmemorativo a las victimas del Katrina- pretende convertirse en un museo y centro de investigación (especializados en metereología e historia de los huracanes), observatorio y parque que ofrezcan formación y trabajo a los jóvenes de Nueva Orleans en las artes, la artesanía y la arquitectura del paisaje.
“Make your donation” pide su página web así como las de los numerosos proyectos nacidos durante estos años por toda la ciudad. Los 33 billones de euros de amortiguador económico del gobierno federal y los otros billones de compensaciones en seguros no han podido recuperar las 182 mil casas destruidas por el huracán –de las que 35 mil incluidas en el Registro Nacional de lugares históricos, el número más alto per capita de todo el país- ni reestablecer todas la infraestructura ciudadana. En barrios como el Ninth Ward, Gentilly o Lake View (de los más golpeados por el huracán), cinco años después aún faltan escuelas, supermercados, bibliotecas y medios de transporte.

La sociedad civil no se ha quedado a mirar. Como setas han aparecido y siguen apareciendo entidades no profit y voluntarios provenientes de todo los rincones del país.
En algunos casos una cosa ha llevado a la otra.
Cuando Oji Alexander, project manager neoyorkino de 36 años, supo que Barnes & Noble, la minorista de libros más grande del país, había creado una organización no profit de urbanización sostenibile para familias de bajos y medios ingresos en Nueva Orleans, le pareció una gran ocasión de echar un cable. En 2008 llegó como voluntario y algunos meses después, cuando debido a la creciente magnitud de trabajo “Project home again” (PHA) empezó a contratar personal y le propusieron quedarse, no se lo pensó dos veces. En dos años la entidad ha construido 45 casas y está acabando otras 25 para familias de dos a seis personas que perdieron las suyas a causa del huracán y cuyos ingresos anuales no sean inferiores ni superen la media de la zona (entre los 32 y los 70 mil dólares en el caso de núcleos de cuatro personas). Con tanto que tengan la capacidad económica de mantenerlas y pagar el seguro de hogar y el por inundaciones durante todo su estancia, las familias pueden intercambiar propiedas con PHA, sea cual sea su valor en el mercado, y recibir las nuevas casas a coste cero.

Todas las 100 viviendas en total que PHA pretende construir en el barrio de Gentilly, donde se fue a vivir la primera clase media afroamericana a finales de los años 50, están elevadas de casi dos metros del suelo (según ahora impone la ley en la zona), edificadas por arquitectos locales y realizadas con mecanismos (material reciclado de las casas demolidas, aislantes de espuma, deshumidificadores, pinturas bajas en V.O.C.) que hacen que sean un 60% más eficientes desde el punto de vista energético con respecto al estándar local. Sostenibilidad se ha convertido en una de las palabras más escuchadas en una ciudad que antes de Katrina no tenía ni un edificio “verde”. Y Brad Pitt en el nombre que más se le asocia. En sus tres años de existencia su fundación “Make it right”(MIR) ha construido unas 50 casas (prevé llegar a las 150), todas de diseño moderno y equipadas de paneles solares, en la parte baja del “Ninth Ward”, barrio pobre afroaméricano.
“Cuando Brad Pitt vino por primera vez a visitar la zona, yo era el único habitante de toda la calle”, explica Robert Green, 55 años, indicando el punto, ahora vacío, donde entonces se encontraba la rulot de FEMA (Federal Emergency Management Agency) en la que vivió hasta hace poco. “Yo le di toda la información que tenía sobre los que habían sido mis vecinos y contacté con todos los que pude para explicarles el proyecto”. Para poderse apuntar las personas tenían necesariamente que vivir en el barrio antes del huracán. Según el “Green Building Council” norteamericano la comunidad de MIR se ha convertido en el mayor barrio verde de viviendas mono familiares de todo el país.

La vieja casa de Eva y Brenda Lewis, respectivamente de 72 y 64 años, algunas calles más allá, era poco más que una rulot de aluminio, hoy marchita y encogida como una lata para tirar. Como muchas en el barrio todavía llev una X pintada en la portal que atestigua el día –en muchos casos semanas después del huracán- en que la policía pasó a controlar si quedaban personas o animales por rescatar. Mientras enseñan la vivienda que ocupan desde el marzo pasado (que les llegó dotada de parquet, lavadora, secadora, microondas junto con un maquinario que controla sus gastos energéticos), las caras de ambas recuerdan a las de dos niñas que acaban de aterrizar en un parque de atracciones.

El gobierno federal les dio 120 mil euros por los daños subidos y con lo que les quedó de los 107 que gastaron para su nueva casa podrán pagar durante siete años el seguro de hogar, que incluye el panel solar instalado en el techo. Para ellas “el huracán ha sido lo mejor que podía pasar”.
La posibilidad de poder reconstruir, y mejor, no solo una ciudad sino una comunidad. Esto sin duda ha significado para mucha gente el Katrina.
Y también la posibilidad de visibilizar el malgobierno local, como demuestra la sentencia del juez federal que el pasado mes de noviembre estableció que gran parte de la inundación post-Katrina fue el resultado de la negligencia del Army Corps of Engineers, entidad federal, en la gestión y manutención del canal de navegación Mississipi River Gulf Outlet (MRGO). “La misma construcción del canal ha alterado el equilibrio ecológico de la zona y removido barreras naturales fundamentales contra las inundaciones como son los pantanos”, no se cansa de repetir Amanda Moore del National Wildlife Federation.

“Además, las compañías petroleras y las de gas han hecho su parte en dragar canales y construir ductos por los pantanos costeros de Lousiana, así que entre la construcción, el mantenimiento y la consiguiente intrusión de agua salada en los pantanos somos hoy una comunidad mucho más vulnerable a que se den eventos como el Katrina y más predispuestos a un impacto devastador ante otros como el recién derrame de petróleo”. El ritmo de extinción de los pantanos de la zona corresponde a un campo de fútbol cada 38 segundos. El juez, sin embargo, no ha concluido que la ruptura de los diques fuera causada por un defecto en la construcción sino únicamente en la manutención de los canales, por lo que la sentencia constituye un precedente sólo para los 80 mil habitantes de las dos zonas del Ninth Ward y San Bernardo –que ahora podrán pedir compensaciones- y no para los habitantes de la ciudad. Cinco años después sólo una parte de los diques de protección del Mississipi han sido reconstruidos. Lo que sí ahora la ciudad tiene es un plan de evacuación sistematizado diseñado para quienes no se puedan mover solos o no tengan como, dos de las condiciones que más se dieron durante el Katrina y que, entonces, no fueron tomadas en cuenta.

Como en La Peste de Albert Camus, ante una gran tragedia colectiva puede salir lo mejor pero también lo peor del ser humano. A menudo, ambas cosas. Y Katrina significó también la posibilidad de desahogar el odio, la violencia racial (estos dias el Departamento de Justicia esta llevando a cabo diversas investigaciones por violaciones de los derechos civiles y asesinato en los días post Katrina que ven involucrados a civiles y a policias) y la discriminación desde siempre presentes en la ciudad. Es del pasado mes de agosto la sentencia de otro juez federal contra Road Home, hasta ahora la mayor subvención federal para la reconstrucción, por discriminación hacia la propietarios afroaméricanos al calcular las ayudas utilizando los valores de las viviendas de antes del Katrina. Las viviendas de los barrios mayoritariamente “negros” tienden a venderse por menos que sus equivalentes por condiciones en zonas mayoritariamente “blancos”. No obstante, la sentencia no impone el recálculo de las subvenciones ya concedidas en cuatro anos a casi 128 mil propietarios.
Para otros, como Henry, taxista de 69 años, en cambio, el Katrina simplemente no representó una oportunidad. Además de perder a su hermana Henry, que vive con sus 10 hijos en el Ninth Ward, paga hoy casi el doble de alquiler –sin contrato- de lo que pagaba hace cinco años. Según alega su dueño la razón son los altos costes que tuvo que sostener para arreglar el edificio. Tras pagar la renta a Henry cada mes le quedan 400 euros.
La nueva casa de Robert Green está construida en el mismo terreno donde se levantaba la vieja, como recuerdan los tres escalones que ha querido dejar en memoria de lo que pasó. Para él, que en el Katrina perdió a su madre y a su nieta “esa fue una experiencia horrible, pero hicimos lo mejor que pudimos para convertirla en algo bueno”.

La vieja casa de las hermanas Lewis, algunas calles mas allá, aun lleva en el portal la X que la policía dejó semanas después del huracán, cuando fue a averiguar si quedaban personas o animales por rescatar. Toda la calle está llena. Según el Greater New Orleans data center, un grupo de investigación no-profit, más de 50.000 viviendas del núcleo urbano –alrededor del 27 por ciento- aun están vacías, la proporción mas alta que la de cualquier otra ciudad del país. La luchas, a menudo perdidas, de los propietarios con las compañías de seguro, la falta o pérdida de documentos que atestiguaran la propiedad –especialmente para las viviendas heredadas- y la oleada de contratistas fraudulentos que llegaron en la ciudad después de Katrina son todos elementos que influyeron significativamente en el fenómeno del “blighted houses” (casas vacías).
De las entre 1500 y 1800 personas que murieron y de las alrededor de 125 mil (un quinto de la población a principios de 2005) que no ha vuelto, muchas eran personas mayores que vivían en el Ninth Ward. Su falta convirtió en un barrio fantasma a la que desde siempre había sido la cuna de la música ciudadana. No podían que ser dos reconocidos músicos locales quienes crearan un proyecto que fuera a la vez de reconstrucción y encuentro de artistas y sonidos. El “Musicians’s Village”, concebido por Harry Connick Jr. y Branford Marsalis y parte de la organización cristiana no profit Habitat for Humanity, es un conjunto de 72 coloridas casas donde, a partir del 2006, empezaron a mudarse músicos de todos los barrios de Nueva Orleans. En su corazón se está levantando el centro de música dedicado al padre de Branford Marsalis, Ellis, jazzista como su hijo. Cuando acaben las obras el centro, que pretende servir tanto de escuela como de espacio para conciertos, estará abierto a toda la ciudadanía.

“Vine a vivir aquí por la fantasía de que la música que hagamos refleje una manera de vivir”, dice Fredy Omar, hondureño de 40 años, desde 18 en la ciudad y el primer músico en presentarse para el voluntariado de 350 horas en la construcción de las viviendas que constituye el requisito mínimo para acceder al “village”.
La idea que su arte sea una extensión de su comunidad está muy arraigada también en Rashida Ferdinand, 35 años, artista ceramista nacida en el Ninth Ward.

Gracias a dinero público tras el huracán Ferdinand pudo no sólo reconstruir sino ampliar su casa. Después fundó la organización Lower Ninth Ward Council for Arts and Sustainability, que además de proyectos de educación nutricional tanto en escuelas como en espacios públicos –en un barrio donde no se pueden encontrar productos frescos- trabaja para la rehabilitación de la escuela primaria del barrio quel lleva el nombre de la mayor de las estrellas ciudadana de todos los tiempos, Louis Armstrong.

El edificio, del 1930, aún lleva los anuncios de ese principio de curso de 2005 que nunca se llevó a cabo. Lo que no pudo el huracán y las inundaciones lo terminaron quienes durante estos años ha ido robando todo lo que se podía vender, en primer lugar acero y láminas de los tejados. Mientras pasea teniendo cuidado a donde pone los pies, Ferdinand va indicando qué vería en cada sitio. Allá un taller de cerámica, allá uno de estampa digital, al fondo un teatro para los grupos locales “que no tienen donde ensayar”, y después un espacio para exhibiciones también sobre la historia y la cultura del barrio y, porqué no, un café y una tienda de regalos. El patio de cemento, si encontrara financiación, Ferdinand lo sustituiría enseguida con un jardín botánico. En el barrio, donde viven unas 1800 personas, sólo hay una escuela pública abierta.

Como el 90 por ciento de las escuelas públicas de la ciudad el Louis Armstrong depende hoy del “Recovery School District” (RSD, distrito de recuperación escolar), que no tiene intención de reabrirla por no adecuarse desde un punto de vista estructural a lo estándares estatales de seguridad.
El RSD de Nueva Orleans nació en 2003 para intentar, desde el esfuerzo estatal (en Estados Unidos el sistema escolar es normalmente administrado a nivel local), recuperar aquellas escuelas consideradas “académicamente inaceptables” por el estado . En Nueva Orleans, donde a partir de la Ley de Derechos Civile anti segregación escolar de 1964 las familias “blancas” empezaron a sacar sus hijos de las escuelas públicas para que no se mezclaran con los “negros” hasta convertirlas en entornos poblados casi exclusivamente por afroamericanos pobres, las “aceptables” no llegaban al diez por ciento. Antes de Katrina sólo cinco escuelas pertenecientes al restante 90 por ciento habían abierto sus puertas bajo el nuevo sistema, que incluye escuelas “normales” y “charter” (subvencionadas y administradas también por entidades privadas o no profit, desde universidades hasta filántropos). Las segundas son sin duda la gran novedad que está revolucionando el sistema escolar de la zona.

“Katrina fue la oportunidad de acelerar el cambio que la escuela pública necesitaba y de responder mejor a las necesidades de los estudiantes”, dice Kristen Lozada, directora operativa del New Orleans College Prep., una de las 37 charters abiertas en la ciudad. “El 80 por ciento de nuestros estudiantes están por lo menos dos años atrasados desde el punto de vista académico. Ahora podemos juntar alumnos por su nivel y aceptar gente de todos los barrios de la ciudad y no, como solía ser, sólo del donde viven”, explica. “Es la primera vez que estos chavales sienten que tienen éxito”. Las cifras parecen confirmarlo. El 59 por ciento de los alumnos del sistema público están hoy en escuelas en línea con los estándares de calidad del estado (en 2004 eran el 28 por ciento). Los números positivos se constatan también en otros dos ámbitos claves de la ciudad. El turismo y la criminalidad. En el primer caso destaca la proliferación de restaurantes, que han pasado de 800 antes del Katrina a los 1100 actuales. Contemporaneamente el número de los crímenes ha pasado de un total de casi 29 mil en 2004 a casi 16 mil el año pasado. Si es verdad que hay menos gente que antes, lo mismo es verdadero para el cuerpo policial, que ha perdido 3000 oficiales. Lejanos son los tiempos del hurrication, cuando la llegada del huracán significaba descanso del trabajo, barbecues a la luz de las velas y el miedo era un sentimiento para pocos. Cada uno desde entonces ha perdido o ganado algo. Pero la voluntad de ser parte, activa, de la ciudad donde “cada día es fiesta” como la define Fredy Omar y “donde cualquiera puede ser lo quiere ser” como dice Ferdinand es tan fuerte y tan contagiosa que no hay Katrina que pueda con ella.

publicación en L’Unitá
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