¿Quién va a morir? El desafío global de la gripe A (H1N1) y otras enfermedades infecciosas

Extracto del artículo -publicado en Notes Internacionals CIDOB 04- que sale en el número de este mes de la revista de Médicos sin Fronteras (el autor, el médico noruego Morten Rostrup, fue su presidente internacional hasta 2004).

A finales de septiembre se habían confirmado unos 340.000 casos de gripe A (H1N1). A falta de pruebas de todas las personas con síntomas leves, no sabemos lo contagioso que puede ser este virus. De momento parece moderado: 4.100 muertes desde que empezó la epidemia en abril. Durante el mismo periodo, el VIH/sida, la tuberculosis, la malaria, el Chagas, la enfermedad del sueño y el kala azar han acabado con la vida de un millón de personas. Estas enfermedades, que afectan principalmente a los pobres, merecen la misma atención política que la gripe A.

Por ahora, la H1N1 parece menos letal que otras formas de gripe estacional. Pero las diferencias de patrón, la posible evolución hacia una forma más agresiva y la esperada segunda oleada en otoño justifi can mantenerse en guardia. La respuesta inicial fue rápida: los políticos le prestaron atención enseguida, se expusieron públicamente los posibles escenarios y se tranquilizó a la población con las medidas adoptadas. En general, la respuesta conjunta de los gobiernos y de la Organización Mundial de la Salud (OMS) parece basada en las estrategias para combatir la gripe aviar. Desde 2005, la OMS ha planificado mucho a todos los niveles en lo referente a pandemias. El SARS (síndrome agudo respiratorio severo), también considerado una amenaza para la salud pública, atrajo bastante atención. Hay un claro contraste con la forma en que los mismos políticos han respondido a otras epidemias vigentes.

La pandemia del sida afecta mayoritariamente a países pobres y a grupos marginales occidentales. Aunque los primeros datos ya apuntaban su poder devastador, la respuesta global fue escasa. Hoy el balance es de 25 millones de muertos, 33 millones de infectados, graves consecuencias socioeconómicas…y sólo 4 millones de personas en tratamiento, de los 9,5 millones que lo necesitan con urgencia. ¿Cómo hemos permitido que una epidemia tan letal perdure tantos años? Con dos millones de muertos el año pasado, ¿alguien duda que es una emergencia?

La lucha contra el sida se basa en un esfuerzo conjunto de financiadores gubernamentales como el Fondo Global y actores privados como las ONG. Dejar partes importantes en manos de iniciativas privadas nunca ha sido una opción ante la epidemia de gripe, cuyo control ha sido totalmente asumido por los gobiernos: la salud de sus votantes estaba en juego.

La tuberculosis (TB) es otro ejemplo de este escaso compromiso político y de cómo la proximidad marca la respuesta: con 9 millones de nuevos casos anuales,el año pasado 1,6 millones de pacientes murieron de una enfermedad tratable y sin apenas respuesta. En cambio, encuentra cepas de TB multirresistente en las fronteras de Europa Occidental, y ahí tienes ya algo más de atención.

La malaria, con casi un millón de muertos al año (la mayoría niños) y media población mundial en situación de riesgo, supone hasta el 40% del gasto en salud pública de los países más afectados. La terapia combinada con artemisinina todavía es efectiva, pero algunos estudios reportan cada vez mayores resistencias. Lo más preocupante es que no se prevé que pronto salgan nuevos medicamentos al mercado y, sin ellos, el mundo puede tener que volver a afrontar grandes epidemias en zonas tropicales como en el pasado.

La falta de medicamentos efectivos y asequibles es una característica común. El sector público eludió su responsabilidad, dejando la iniciativa en manos de la industria farmacéutica privada. Pero ésta depende del mercado y las enfermedades de los más pobres no dan beneficios: ellos nunca podrán comprar sus productos. Éste es el caso de entre 10 y 15 millones de personas infectadas de Chagas en Latinoamérica, una enfermedad descubierta hace 100 años que sigue combatiéndose con fármacos de hace 40, con graves efectos secundarios. No existen formulaciones pediátricas, ni un tratamiento efectivo de la fase crónica de la enfermedad, ni tampoco nuevos métodos diagnósticos para una infección que mata a 14.000 personas al año.

Contra la enfermedad del sueño también se usa un medicamento viejo y muy tóxico. La producción de la mejor alternativa (aunque no ideal), la eflornitina, estuvo a punto de interrumpirse por no ser rentable. Pero entonces se descubrió que era un buen remedio para el vello facial femenino. De pronto había mercado: no bastaba con una población africana pobre y moribunda.

La leishmaniasis visceral o kala azar es otra enfermedad parasitaria letal. Cada año se registran 500.000 nuevos casos, y la última década ha visto crecer el número de infectados y de dificultades por la coinfección con el VIH. Una vez más, la respuesta global ha sido un gran silencio. Y, una vez más, faltan medicamentos más efectivos y asequibles.

Todas estas enfermedades infecciosas afectan a personas sin recursos en zonas tropicales, tal como ocurrirá con la gripe A. Los países ricos, que han almacenado millones de antivirales para tratarla y prevenirla, quizá tendrán que demostrar su compromiso real ante las epidemias en los países en desarrollo. ¿Hasta qué punto estarán dispuestos a regalar sus medicamentos a países en los que el riesgo de muerte será mucho mayor?

La nueva gripe demuestra que la comunidad internacional está preparada para combatir enfermedades infecciosas que amenazan la salud pública. No debemos culpar a la OMS o a los gobiernos de centrarse demasiado en esta pandemia. Lo que debemos hacer es exigirles que respondan de su silencio ante epidemias que hoy tienen consecuencias mucho más graves de las que seguramente tendrá jamás la gripe A.

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