Nadia

Campesino, granjero, constructor de pozos, aguador, dueño de un taller de bici, ayudante de un mullah y policía religioso ocasional, incluso cocinero un día para un grupo de talibanes. Todo esto ha sido Nadia Ghulam en los diez años en los que fue un chico. La niña contenta con su larga falda que daba vueltas se había ido el día en el que una bomba había alcanzado de lleno su casa de Kabul quemando el 60 por ciento de su cuerpo. Ella tenía entonces ocho años, o por lo menos eso cree.

De esos dos años que pasa medio dentro y medio fuera del hospital, Nadia se acuerda muy poco. “Pero recuerdo a los muyahidín que llegaban a las casas que nos acogían –incluso al hospital- y nos mandaban salir a todos, el dolor de mis heridas, el hecho de no tener casa, el hambre y la voz de las bombas”. Mientras su madre se queda siempre a su lado, sus dos hermanas pequeñas, el hermano mayor y el padre viven con una tía o se buscan la vida. Cuando no tienen casa y Nadia esta fuera del hospital, van a casas de gente, antes familiares, luego desconocidos. O duermen en refugios.

“Es muy curioso, y también un poco triste”, dice entre bocados de melanzane (berenjenas) alla parmigiana que descubro entonces no ser un plato típico sólo de Italia sino también de Afghanistán (donde usan queso de cabra). “Aquí en España leí el diario de Ana Frank. Ella explicaba que era el cumple de no sé quien, que habían hecho un pastel, que lo habían comido…Yo pensaba: Qué fuerte. Porque en guerra no hay pasteles”, dice. “También explicaba que comían mucha verdura y nosotros nunca teníamos”.

Nadia tiene alrededor de 10 años. El padre les cuenta a ella y a la madre que al hijo adolescente, Zelmai, le dispararon en la calle y que no está trabajando en Pakistán como ellas llevaban un año pensando. “Entonces entendí porque mi padre había dejado poco a poco de vivir. Él era su orgullo”. Casi contemporáneamente Soraya, la ayudante de su médico, le cuenta que con la llegada de los talibanes las mujeres no podrán trabajar. “Yo pensé: entonces ¿qué voy a hacer yo?. Si mi padre está enfermo, mi hermano no está y mi madre está así, ¿qué vamos a comer? Yo siempre he sido una persona que cree en sus cosas y a la que no le gusta la ayuda de los otros. Yo digo, si esta persona trabaja y tiene sus cosas, ¿por qué no puedo tener yo lo mío? Es que no me puedo esperar a la otra gente, ¿sabes?”.

Una noche en el hospital, poco después de enterarse de la muerte de Zelmai, Nadia encuentra una solución para ayudar a su familia. “Tendré que hacerme pasar por un chico, le dije a mi madre.  Ella se quedó muda unos instantes. Después dijo, resuelta: No”.

Tras una larga discusión en la que intenta convencerla, Nadia empieza a preguntarse qué necesita para convertirse en un chico. “Decidí que lo esencial era un turbante y salir a la calle y probarlo. Tampoco le di muchas vueltas, la verdad. Yo estaba muy desesperada y con el cuerpo quemado, fue pura supervivencia”.

El primer día que sale a la calle como chico, todos los niños le miran “por mi cuerpo quemado y mis vendajes” y un hombre le dice: Hola niño, ¿como te llamas? Nadia aún no lo ha decidido. “El primer nombre de chico que se me ocurrió fue el de mi hermano y lo dije, luego corrí a casa y le dije a mi madre: Zelmai, desde hoy sólo me tienes que llamar así. Para todo mi pequeño mundo allí se acabó con Nadia”.

La familia reunida acaba de encontrar una casa abandonada en el centro de una Kabul todavía desierta y Zelmai, desde entonces con el turbante siempre pegado a la cabeza y capas extras de ropa incluso en verano (a lo que más tarde añadirá un vendaje para los pechos), sale a buscar trabajo. “Al principio no me dejaban. Me veían, un niño, pequeño, con el cuerpo quemado, y me decían: ¿Como vas a ser de ayuda tu? Y yo: bueno, si quieres yo te voy a ayudar pero no voy a cobrar, sólo un poco de verduras. Vale, me dijo uno, ves cortando las plantas que no están bien y déselas a los animales. Así empecé”. Al principio le dan algo de verdura, después un poco de dinero con el que Zelmai compra un cordero, que después cambia por una vaca  “y así hice negocios”. Zelmai vive entre el hambre, el duro trabajo y el miedo constante al descubrimiento.

“Era tan grande la obsesión que tenía por aparentar ser un chico, que creía que la mala fama favorecía y que era mejor pasarme de duro y peligroso”, cuenta en el libro que acaba de publicar con la periodista Agnès Rotger (El secreto de mi turbante, Planeta, 2010). Inflexible con sus hermanas, el más atrevido ante el peligro con sus amigos, muy religioso en la mezquita y gran trabajador en el campo. A veces no puede más. Entonces va a esconderse a un campo de maíz. “Las plantas estaban tan altas que quedaba oculta del todo y podía gritar y llorar sin miedo a que me descubrieran”. La música y las películas indias, prohibidas por los talibanes, son otra vía de escape que le ayudan a aguantar el presente. La religión pasa en esa época de ser una obligación al elemento espiritual esencial en su vida que sigue siendo hoy.

Llega la primavera de 2004. La radio empieza a emitir anuncios del gobierno en los que se anima a las familias a inscribir a los niños y a las niñas en la escuela.”Yo me dí cuenta de que los eventuales certificados que sacara no podrían ser como Zelmai, tenían que ser como Nadia para tener validez”. Tras insistir mucho para demostrar que es una chica y que solo quiere estudiar y tras pasar un examen de nivel, Nadia consigue apuntarse al ultimo curso de primaria en una escuela de un barrio rico a dos horas en bici de donde vive, donde nadie la conoce. Dentro de la escuela sería Nadia mientras que fuera seguiría siendo Zelmai. “El primer año fue como una prisión para mi. Cada día sentía que hubiera preferido ir al cementerio que a la escuela. Casi todas las chicas me tenían miedo, muchas desconfiaban de que era una chica y las profesoras me humillaban”. Fuera de la escuela, con los chicos, todo le parece mucho más fácil. “Nunca me preguntaban sobre el origen de mis quemaduras ni porque llevaba turbante cuando ellos no, como máximo me preguntaban si tenia novia y que como era”. Durante su época como Zelmai tiene una novia, la hija del agricultor para el que trabajaba. “La noche que me confeso su amor y me dijo que quería casarse conmigo le dije que yo también pero que no haría nada con ella hasta la boda, a lo que ella me contesto que entonces me quería aun más”, cuenta entre risas. “Vivimos una muy bonita relación platónica y si un día tuviera la oportunidad, creo que sería una buena amiga. Igual que todos mis amigos chicos, ella todavía no sabe la verdad”. Poco a poco las compañeras de clase van entendiendo que Nadia sólo quiere estudiar, que es pobre y el porque se hace pasar por un chico. Las profesoras y las alumnas empiezan entonces a contar su historia a los extranjeros que después de 2001 habían aparecido como setas por el país. “Cada día tenia que entrevistarme con periodistas. Entonces yo no sabía ingles y no sé bien qué me prometían pero las profesoras me decían que ellos me ayudarían para hacer otra operación, que no se lo contarían a nadie y que las fotos solo las vería su familia, y yo al principio me lo creí ”. Siempre a través de sus profesoras Nadia entra en contacto con una ONG que le ofrece incluirla en un programa de formación para aprender el oficio de cortar piedras para hacer joyas. El salario es muy bajo, se siente explotada y busca más maneras de salir del trabajo del campo, que desde que ha empezado los estudios (ahora está en el instituto) se le hace insoportablemente cansino. Y a través del tío de una compañera de clase encuentra la ayuda de un ejecutivo alemán, que se convierte en su benefactor. Por ese entonces se enamora de un chico que le conoce como Zelmai y que muere poco después en un accidente. Otra compañera la ayuda a contactar con otra ONG, donde le ofrecen 150 dólares mensuales para poder cursar la universidad a condición que no trabaje para nadie más ni se deje entrevistar. Desde la ONG le proponen viajar a Barcelona para ser visitada y operada por la organización Cirujanos Plásticos Mundi, un proceso largo por el que tendrá que vivir una época en la ciudad.

“No tenía dudas sobre si sabría adaptarme –me he adaptado a situaciones terribles; seguro que a un país rico también me adaptaría bien- pero, ¿cómo me convertiría en una mujer de verdad’?”, cuenta en el libro. “La decisión era firme, pero no podía evitar sentir un luto inmenso por aquel pequeño Zelmai que tan mal lo había pasado”.

Desde hace más de cuatro años Nadia vive cerca de Barcelona con su familia adoptiva, que adora, y estudia Integración Social.

“Ahora soy una mezcla entre Nadia y Zelmai. Aquí formalmente siempre soy Nadia pero con el corazón a veces soy Zelmai. A menudo ando por la calle pensando que soy él. Hay muchas cosas de Zelmai que están dentro de mí, por ejemplo su valentía”.  Le pregunto si una mujer puede ser valiente. “Aquí sí, en mi país no”. Y ¿por qué no? “Porque no les dan la oportunidad”.  Nadia es una chica muy tímida, explica, que se preocupa mucho, él en cambio no tiene miedo a nadie ni a nada. “Yo quiero coger las cosas buenas de los dos y aplicarlas en mi vida pero a veces lo que me sale más es Zelmai, también porque a Nadia la conozco muy poco. Yo creo que Nadia tiene que estar mucho tiempo con Zelmai para coger su actitud”. Lo que Nadia más valora de lo que ha aprendido de él es el ser muy independiente. Le pregunto si no lo ha sido desde siempre, como me ha parecido entender. “No tanto como Zelmai,  porque cuando yo era pequeña Zelmai existía, era mi hermano, que me ayudaba y animaba a serlo”. Le pregunto cómo piensa usar todo este aprendizaje en su mundo. “De momento a través de una educación informal que doy a mi familia cada vez que les digo las cosas que hago. Por ejemplo ahora me voy a Herat de traductora para una ONG que trabaja con mujeres autoinmoladas y ya les he dicho que sólo podré dormir un día en casa y no podían creérselo que vendría sola, porque en mi país, si hay un hombre, las mujeres tienen que pedir que les acompañen”. Nadia quiere volver a Afganistán, “pero antes quiero aprender todo lo que pueda. Aquí hay muchas oportunidades para estudiar y yo aún necesito formarme para transformar mis opiniones en papel. Y mientras estoy aquí no dejo de ayudar a mi país”. Actualmente Nadia mantiene económicamente a 10 personas. Y ¿qué quisieras hacer allí cuando vuelvas? “Yo he sido usuaria de ONGs y he visto qué hacen bien y que no. Mucha de la gente que viene no conoce bien la situación del país, necesitan más formación”, dice. “Hoy en día ¿por qué una persona quiere trabajar en una ONG en mi país? Porque pagan buenos salarios. Me alegro mucho de que sea así pero tienen la responsabilidad de ayudar a las personas de verdad, no darles la caridad. Sí que ya hacen cosas pero para mejorarlo necesitan personas como yo que saben de verdad qué necesita la gente que ellos intentan ayudar. Yo quiero trabajar para ayudarles”.

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