COLGANDO EN EL AIRE

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En 2008 España concedió el estatuto de refugiado a 277 personas, un 3% del total de las peticiones. En el día dedicado a quienes tuvieron que abandonar su país, su familia, toda su vida para buscar una más digna y más libre en algún otro lugar del mundo, relatamos la historia de un hombre y una mujer para los que el refugio es aún un sueño.

“Estoy colgando en el aire”, dice Mikhail Rusinov. Ruso de 33 años, periodista y homosexual, tras subir varias amenazas y agresiones (la última de las cuales, en 2006, le llevó durante  dos semanas al hospital) decidió venir a España, donde a principio de 2007 pidió asilo. Cada seis meses el ministerio de Interior le renueva el permiso de estancia y de trabajo, gracias a los cuales Mikhail vive de traductor freelance, alquila un piso en el Eixample -barrio mejor conocido como gayxample, por el que le encanta salir de fiesta- va al gimnasio y lee.

“Todos los días me levanto y espero recibir noticias del ministerio”, cuenta. “Echo mucho de menos a mi familia pero quiero estar aquí, sobre todo por la política liberal hacia la homosexualidad. El asilo, además, significaría estabilidad, poder pedir un crédito a un banco, comprar un piso, viajar. Tener una vida normal”.

“Al principio fue muy duro pasar del trabajo en la compañía a limpiar estanterías”, recuerda Zhao Fenghua. China de 41 años, miembro del movimiento espiritual Falundafa (o Falungong), hoy prohibido y perseguido por el gobierno chino, desde hace un año trabaja en Barcelona en una tienda de “cosas para la casa”. Entre 1999 (cuando el partido empezó a perseguir a los practicantes) y 2003 estuvo dos veces en la cárcel. Fue torturada, perdió varios trabajos, sus padres murieron “de dolor” y su marido, que trabaja de auditor para el gobierno, no soportó el peso de la situación y de hecho la dejó sola.

En mayo de 2006, aprovechando la ocasión de un viaje de trabajo de la empresa de import-export para la que trabajaba, Zhao consiguió un visado de turista para Bélgica, desde donde vino a Barcelona. En julio 2006 pidió asilo. Cada domingo practica Falungong en el parque de la Ciutadella con los 15 compañeros –casi todos españoles- seguidores de la disciplina en Barcelona y cada semana va al consulado a denunciar las persecuciones del partido comunista hacia los practicantes de la disciplina.

“Estoy aquí porque quiero poder seguir mis creencias y denunciar lo que hace el gobierno chino a los seguidores del Falungong”, explica. “El refugio me permitiría viajar y contar lo que hace el partido comunista chino también fuera de España”.

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