Quattro passi a Berlino (Paseito por Berlín)

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La medianoche ha pasado hace rato y Margherita camina hacia su casa, con pequeños pasos veloces y decididos, que eligen la dirección, sin reconsiderarlo, sin dilación. La Oranienburgerstrasse, a estas horas, aún bulle de gente; los camareros tailandeses invitan a sentarse; en los bancos del Bellini están sentados turistas elegantes y desprevenidos, en la esquina con la Tucholskystrasse se levanta la algarabía de hombres y mujeres que piden cerveza.

Sigue por su camino, Margherita, y mira a su alrededor, mira cada cara, husmea cada olor, camina y lo absorbe todo y canturrea una canción…”Sag mir wo die Blumen sind,wo sind sie geblieben, sag mir wo die Blumen sind, was ist geschehen…” Una canción de la guerra, Marlene, querida Marlene, te fuiste de Berlín, tu querida ciudad y quién sabe cuanto la echabas de menos…pero esos eran otros tiempos, ahora Margherita camina, vuelve a su cuarto y no hay bombas, no hay sirenas, el aire está fresco, la mente está liberada, éste es el barrio de Mitte, ésta es Berlin Este, éste es el julio del 2009 y se respira en una ciudad libre, distendida. Es extranjera en este país, pero que más da, que más da si, como decía Marion en aquella película de ángeles, hombres y cielo, nada le es extraño, para ella es como si siempre hubiera estado aquí.

En Berlín si sigues caminando siempre acabas donde el Muro. El Muro. Ah, Marion, eso también ha desaparecido, Berlín es una y unida… A quién no le hubiera gustado estar aquella noche de noviembre de 1989, junto con lo demás, a quién no le hubiera gustado quedarse de pie al aire libre durante horas y horas a mirar el cemento desmoronarse y abrazar a la primera persona con la que se hubiera cruzado, allá al otro lado del Muro. Margherita entonces sólo tenia ocho años, estaba en Italia, sentada en la clase, en la primaria, pero todavía recuerda el momento en el que la maestra comunicó la noticia.

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Esta ciudad se funde con el ama, estas calles, los edificios oscuros de Friedrichshain con las cicatrices de los cohetes de la Guerra, Alexander Platz y su lugar de encuentro punk tan doméstico, y las hijas afortunadas de Cristiane F. que charlan en la Ku’damm, la Philarmonie, el Tiergarten que respira como un gran pulmón, la diosa de la Victoria, con las alas abiertas y el pecho dorado que vislumbran en la luz del crepúsculo, la Sprea, la Sprea por la mañana, al mediodía, por la tarde, la Sprea centelleante de sol, sombría de nubes, densa de lluvia.

Margherita da la vuelta en la esquina entre Chaussestrasse y Tieckstrasse, levanta la mirada hacia los edificios, saluda con un vistazo la torre de Alexanderplatz, cemento y hierro y ondas electromagnéticas, fría, un monumento nada especial y sin embargo un faro en la noche, cuando a la tarde vuelves en bici desde quién sabe donde…El Muro se ha caído y la certeza de no pederse recae en esta varita mágica que en ciertas tardes, con su aguja, parece pinchar la pelota pálida y luminosa de la luna, el trasero de los astronautas y de los cosmonautas.

Traducción de texto de Mariagiorgia Ulbar

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