Los mil colores de Piazza Vittorio

En busca de una Italia donde inmigración no fuera sinónimo de exclusión, donde poder entender otras experiencias de convivencia además de las ya tristemente conocidas, y bien representadas, por los recientes hechos de Rosarno, acabamos en Piazza Vittorio.

En el último barrio de la capital por número de crímenes per cápita, el Esquilino, a pocos pasos de la estación de Termini, basta con pisar la plaza cuadrada rodeada por los pórticos del arquitecto Gaetano Koch para sentirse como si se estuviera de viaje.

El parque que ocupa su centro por la mañana es el punto de encuentro de coreanos, latinoamericanos, filipinos, rumanos, chinos, sikhs. A la tarde los chavales chinos juegan a básquet con los italianos mientras en la otra punta, en el tiovivo que dirige con un clic Santa, de Sri Lanka, 32 años (desde hace 10 en Italia), en cada ronda los sillones están ocupados por niños de una nacionalidad diferente, mientras sus mamás siguen charlando.

La presencia de una okupa postfascista en las cercanías, la renombrada Casa Pound, se puede percibir sólo gracias a las numerosas pancartas (muchas ya arrancadas) colgadas bajo los pórticos de la plaza.

El mercado, el mas grande de la ciudad con sus 250 puestos, es una caja de colores y perfumes. El verde del shim (parecido a una judía verde aplastada) y del’okra (entre un calabacín y un pimiento verde) de Bangladesh, el amarillo y el naranja de las especias y el blanquiazul del pescado se funden con el rosa de los embutidos (único rincón donde son rigurosamente rosa pálido también las manos de quienes envuelven y la mayoría de las de quienes compran)

Como en cada mercado que se respete cada uno tiene su clientela. Sin embargo la carne y el pescado son terreno común. Detrás de los puestos hay italianos, egipcios, indios, bengalíes atienden a chinos, africanos, italianos o filipinos. Y cuando se encuentran al lado un puesto como “El banco latino” de Maria, Ecuador, 32 años (desde hace 10 en Italia) donde las legumbres y la fruta atraen como imanes, pues se paran y compran. Ella también, cuando cierra el puesto a la hora de comer, se detiene a comprar couscous, que “no me esperaba tan bueno”, donde otro.

“Nos conocemos y respetamos todos”, dice. “Sólo somos las cuatro mujeres aquí y cuando algún cliente nos molesta, siempre hay alguien que deja su puesto y viene a ayudarnos”.

¿Problemas? ¿Conflictos?

“Los de un normalissimo barrio”.

Continúa. Volveremos a Piazza Vittorio. Hay mucho más que contar.

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